Dos veces sin hogar. Viviendo en un auto con apenas 700 dólares en el bolsillo. Y aun así, construyó dos imperios valuados en miles de millones de dólares.

De dormir en un auto a construir imperios: una lección para los emprendedores del 2026

Dos veces sin hogar. Viviendo en un auto con apenas 700 dólares en el bolsillo. Y aun así, construyó dos imperios valuados en miles de millones de dólares.

Esta no es una historia motivacional vacía. Es la historia real de John Paul DeJoria, y merece ser leída por todo emprendedor que en 2026 esté a punto de rendirse.

Un hombre de mediana edad con barba y cabello canoso, vestido con un suéter negro, sonriendo levemente frente a un fondo oscuro.

El momento en que todo parecía perdido

John Paul DeJoria tenía 36 años.

Acababa de ser despedido de su tercer trabajo en la industria del cuidado capilar en cinco años.
Lo habían despedido de Redken. De Fermodyl. De Tri.

Sin embargo, tenía un plan junto a su amigo Paul Mitchell.
Querían crear una empresa de productos para el cabello. Algo revolucionario. Algo que cambiara la industria para siempre.

Todo estaba listo.
Incluso tenían un inversionista comprometido con 500,000 dólares.

Pero un mes antes del lanzamiento, el inversionista desapareció.
Sin explicación. Sin aviso. Simplemente se fue.

DeJoria quedó sin dinero, separándose de su segunda esposa, sin casa, sin opciones claras.

Todos le dijeron lo mismo:

“Estás viviendo en un auto. Nadie le compra a un hombre sin hogar.”
“Ese inversionista fue inteligente al retirarse.”
“El cuidado capilar necesita mínimo medio millón.”
“Dos tipos con 700 dólares no es un negocio, es un chiste.”
“Consigue otro empleo y olvida esta locura.”

Pero él no escuchó.

Grupo de personas posando junto a un automóvil clásico en un evento, con un ambiente de networking.

La diferencia entre el final y el inicio

DeJoria entendía algo que casi nadie ve:

Estar quebrado no era el final.
Era simplemente una línea de partida muy clara.

Llamó a su madre y pidió prestados 350 dólares.
Paul Mitchell puso otros 350.

700 dólares en total.
Eso era todo lo que tenían.

Sin inversionistas.
Sin red de seguridad.
Sin plan B.

Era 1980.
Inflación por encima del 12 %.
Tasas de interés cercanas al 17 %.

El peor momento posible para emprender.

Dos hombres sonriendo y posando juntos, uno con una corona de flores y el otro con una chaqueta colorida, fondo azul.
Un hombre con bigote peina a una mujer con cabello largo y voluminoso, sonriendo a la cámara.

Sin hogar… pero no sin dignidad

DeJoria se mudó a su auto: un Rolls-Royce de 20 años, comprado cuando alguna vez tuvo dinero.

La ironía era brutal: un hombre sin hogar durmiendo en un auto de lujo.

Pero el auto tenía espacio.
Y se veía profesional cuando llegaba a reuniones.
Nadie imaginaba que dormía allí por las noches.

Lo que muchos no saben es que no era la primera vez que DeJoria quedaba en la calle.

En sus veintes, era padre soltero de un niño de tres años.
Salía de noche a recoger botellas de Coca-Cola de la basura y las vendía por centavos.

Con eso comían.

Compraba un Happy Meal de 99 centavos y lo dividía con su hijo.
Siempre le daba la porción más grande al niño.

Arroz. Papas. Sopas enlatadas. Macarrones con queso.
Esa era la dieta.

Cualquiera se habría rendido.
Él no.


Rechazos, puertas cerradas y perseverancia

Esta vez no estaba solo.
Paul Mitchell desarrollaba las fórmulas.
DeJoria hacía todo lo demás: ventas, marketing, distribución, operaciones, manufactura y contabilidad.

Crearon algo diferente:
productos profesionales, de alta calidad, cruelty-free, hechos en EE. UU., que reducían el tiempo de estilizado a la mitad.

Pero entrar a los salones fue una pesadilla.

DeJoria tocaba puerta tras puerta:

“Ya tenemos proveedores.”
“Sus botellas parecen baratas.”
“Nadie conoce a Paul Mitchell.”
“No le compro a alguien que trabaja desde su auto.”

Las puertas se cerraban… literalmente.

Pero él recordaba una lección de cuando vendía enciclopedias puerta a puerta:

Tienes que ser igual de entusiasta en la puerta número 100
que en la puerta número 1.

Y siguió tocando.


El punto de quiebre

Los primeros dos años apenas sobrevivieron.
Trabajaban 16 horas al día. Reinvertían cada dólar.

Ahí es donde la mayoría abandona.

DeJoria no lo hizo.

En el tercer año, llegaron al primer millón de dólares en ingresos.

Los estilistas comenzaron a recomendar los productos.
El boca a boca explotó.

En cinco años, millones.
En diez, decenas de millones.

Luego llegó la tragedia:
Paul Mitchell murió de cáncer.

DeJoria no vendió.
No abandonó.
Siguió construyendo la empresa en honor a su amigo.

Hoy, John Paul Mitchell Systems genera más de mil millones de dólares al año, sigue siendo privada y familiar.

El segundo imperio

DeJoria pudo haberse detenido ahí.
Pero no lo hizo.

En 1989, en México, probó un tequila artesanal de calidad excepcional.
Nada que ver con el tequila barato que se bebía en EE. UU.

Pensó distinto:

¿Y si el tequila fuera un producto de lujo?

Así nació Patrón.

Botellas recicladas.
Producción artesanal.
Precio premium: 38 dólares, cuando el promedio era 15.

Todos dijeron que estaba loco.

Hoy, Patrón se vende en más de 100 países.
En 2018, Bacardi la compró por 5.1 mil millones de dólares.

Retrato de un hombre con botellas de tequila Patrón y productos de cuidado personal en un fondo oscuro.

La verdadera lección para 2026

DeJoria demostró algo que muchos no quieren aceptar:

El dinero no construye el negocio.
Tú lo construyes.

No tener capital no te descalifica.
Te obliga a ser creativo, disciplinado y resistente.

Si estás esperando el financiamiento perfecto…
Si un inversionista se retiró y crees que todo terminó…
Si piensas que empezar pequeño significa terminar pequeño…

Esta historia es para ti.

A veces, los imperios más grandes comienzan con 700 dólares, un auto y una decisión firme de no rendirse.

No abandones.
El sueño sigue vivo mientras tú sigas de pie.