Un secreto a voces recorre los festivales de cine: las películas las ruedan los ricos… y se nota. Vivir del cine es un lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Lo comentamos en voz baja repasando los créditos del último drama indie sobre la tragedia de buscar la propia identidad en un piso heredado en el Eixample. O tras la enésima mirada condescendiente sobre la precariedad entre edificios racionalistas de las afueras. Aplaudimos el palmarés perpetuando la mentira colectiva: el emperador está desnudo.

Nuestro cine está encerrado en un bucle de autocomplacencia burguesa. Narrativa y estética. Y nada cambiará hasta que cambiemos quién está detrás de las cámaras. Pero… ¿cómo? Reconocer nuestro propio privilegio es el primer paso. El siguiente: pasar a la acción.

Quiénes somos condiciona qué historias contamos. Y la realidad desmonta el espejismo de la democratización del cine: quienes nos dedicamos al arte somos cada vez más privilegiados. Un reciente estudio en Reino Unido ha determinado que desde los años 70, el porcentaje de artistas que provienen de clases trabajadoras ha caído en picado: en la actualidad, solo son un 7,9% del total. No hay datos de la situación en España, pero sí causas compartidas que nos han traído hasta esta crisis:

  • La privatización de la educación. La educación pública termina en los estudios audiovisuales de grado o los ciclos formativos de grado superior, una formación genérica que es imprescindible completar con másteres, posgrados y cursos privados de especialización profesional.
  • Las prácticas como forma de discriminación positiva para ricos. En un sector en el que la red de contactos es un factor imprescindible para sostener una carrera profesional, las prácticas precarizadas durante meses o años excluyen a aquellos y aquellas que necesitan un sueldo para sobrevivir, cuando no para sostener a su familia o comunidad.
  • La precarización del desarrollo audiovisual. En nuestro país nadie cobra por escribir hasta que las películas se ruedan: los creadores y creadoras capitalizamos nuestro trabajo durante meses y años durante los que nuestras facturas las paga la esperanza. Los laboratorios de escritura responden a la altísima demanda elevando los requisitos de acceso, de forma que solo proyectos previamente desarrollados o de cineastas muy consolidados acaban accediendo.
  • Los mitos meritocráticos que perpetuamos. En Why Are Artists Poor?,Hans Abbing describe las fábulas de ascenso socioeconómico que nos contamos: el mito de que el trabajo conduce al éxito; el mito del éxito profesional tardío, que nos permite seguir explotándonos hasta los ochenta años; el mito de que si no tenemos éxito es nuestra culpa; el mito del artista autodidacta. Repetir estos mitos contribuye a reforzar el ciclo de autoexplotación que Remedios Zafra critica en El entusiasmo.

La democratización del acceso al arte no es una quimera. En los últimos años, las reivindicaciones de mujeres cineastas en Europa y en España han tenido un impacto histórico que ha transformado el sector. La lucha por la diversidad de la cultura anglosajona, importada a nuestro contexto, también ha visibilizado discriminaciones interseccionales que seguimos intentando resolver. Es el momento de sumar a estas luchas un sesgo que atraviesa nuestra ficción, tan grave como todos ellos, pero completamente olvidado: ¿Dónde queda la clase social de las y los cineastas?

Acabar con el sesgo socioeconómico que atraviesa la creación audiovisual es nuestra responsabilidad: de todas y todos los artistas que formamos parte de la industria, desde el privilegio y desde la precariedad. Diez propuestas para romper con la espiral de desigualdad:

  1. Garantizar el acceso universal a los estudios de cine. Las universidades públicas deben estudiar críticamente la composición demográfica de su alumnado, y luchar de la mano de los institutos por formar parte del imaginario de jóvenes de todos los perfiles socioeconómicos.
  2. Defender la educación pública desde nuestra práctica profesional.La precariedad económica lleva a muchos y muchas artistas a asumir trabajos como formadores en escuelas e instituciones privadas cuyas matrículas nosotros mismos no nos podríamos permitir. Productoras y agrupaciones profesionales se asocian con másteres privados como fuente adicional de financiación, contribuyendo a perpetuar la formación y el acceso al sector exclusivos para las élites.
  3. Ampliar nuestros equipos de trabajo y compartir espacios. La actual huelga del Writers Guild of America reivindica la ampliación de las salas de guionistas para poder garantizar un sistema de aprendizaje y ascenso profesional escalonado. La atomización de los y las artistas freelance lleva a la falta de espacios en los que formarse profesionalmente: los equipos transversales son garantía de democratización.
  4. Remunerar las prácticas. Trabajar no debería ser un lujo.
  5. Remunerar los desarrollos y nunca trabajar gratis. El trabajo arranca años antes de un rodaje, y debe ser remunerado desde el principio. En cada negociación de un contrato no luchamos por nuestras condiciones laborales, sino por las de nuestras compañeras y compañeros.
  6. Reinventar los procesos de selección de proyectos. Las subvenciones públicas, laboratorios y residencias pueden reorientar sus procesos de selección para no privilegiar los proyectos ya consolidados, limitando la cantidad de materiales solicitados o el peso que se da a la formación y trayectoria profesional previas, fruto del capital cultural acumulado.
  7. Hacer públicas las ofertas laborales. Llamar a puerta fría es la única forma de acceder a la industria para aquellas y aquellos que no cuentan con una red de contactos previa o con acceso a los foros del sector. Publicar ofertas y responder correos de desconocidos son gestos que rompen activamente con la endogamia.
  8. Hablar de dinero. La incomodidad histórica de los y las artistas para hablar de dinero, como denuncia William Deresiewicz en La muerte del artista, beneficia solo a quienes se la pueden permitir. Compartir transparentemente sueldos y condiciones laborales evidencia que hacer cine es un trabajo. Hay precedentes: guionistas, productores y directores ya compartieron anónimamente sus sueldos en Hollywood.
  9. Cuestionar la meritocracia. Dejar de mentimos para convencernos de que cualquiera puede ser artista, y que aquellos que logran serlo lo son por mérito propio.
  10. Acompañarnos. Asociarnos para luchar colectivamente, y abrir puertas a aquellas y aquellos que todavía no han recorrido nuestro camino.

Si lo primero que haces al acabar una película es buscar la edad del director para ver si todavía estás a tiempo; si te lamentas al descubrir cuántos familiares tiene con sus apellidos en azul en Wikipedia; si la última vez que negociaste tu sueldo no tenías con quién contrastar una referencia… Es hora de asumir que la lucha por la democratización del acceso al arte también es la tuya. Si, por el contrario, tienes la suerte de haber acompañado a tu corto en festivales internacionales durante un año; de haber estudiado sin beca en las mejores escuelas privadas; o de vivir escribiendo en un piso por el que no pagas alquiler… Es el momento de utilizar tu privilegio para cambiar las cosas, porque el cine, si es plural, será mejor. También el tuyo.

La reivindicación de la diversidad delante y detrás de las cámaras es la que está dando forma al cine de nuestro tiempo, y el eje socioeconómico es el protagonista pendiente en esta transformación. Desde Cannes hasta Berlín, el fetichismo de la marginalidad y el anquilosado lenguaje audiovisual de la burguesía indie muestran signos de agotamiento: es el momento de un cambio de ciclo. Pero en el cine, como en toda la historia del arte, las transformaciones estéticas no se pueden desligar de las condiciones materiales en las que se producen. Solo desde la democratización del arte podremos vislumbrar el cine del futuro.